
Don Darío Serna Gil: sembrando liderazgo y esperanza para más 11 mil familias cafeteras
La
historia de don Darío con el café no comenzó con un título, sino con el
ejemplo. Nacido en Ciudad Bolívar, creció viendo a sus padres, José Arnulfo
Serna y Bertalina Gil, dedicar su vida a la tierra. Sin embargo, fue en 1984
cuando el destino le obligó a dar un paso al frente: tras el fallecimiento de
su padre, asumió las riendas de la finca familiar.
«Desde
niño uno se ha levantado en el ambiente del café», recuerda don Darío,
quien hoy comparte la labor en el campo con cinco de sus ocho hermanos, su
esposa Elcy, su hija Paula Andrea y su nieta Isabela manteniendo viva una
tradición que define su identidad.
Para don Darío, el café es mucho más que un producto agrícola; es un «granito mágico» que tiene el poder de unir a las personas. Según explica, una taza de café es capaz de abrir puertas que las oficinas formales a veces cierran, facilitando proyectos y soluciones para la comunidad.
Bajo su liderazgo en el Consejo de Administración, su mensaje es claro: la Cooperativa es una empresa de todos. «Si no la sentimos como de nosotros, es difícil que la podamos fortalecer», afirma, haciendo un llamado a los más de 11 mil asociados a ser consecuentes y apoyar a su cooperativa para recibir, a cambio, mejores servicios y progreso.
El camino no ha sido sencillo. Don Darío reconoce que el gremio enfrenta desafíos monumentales: el cambio climático, la necesidad de adoptar nuevas tecnologías y la urgencia de aumentar la productividad. No obstante, su enfoque no está en los problemas, sino en las soluciones.
«Problemas y dificultades vamos a tener todos los días, pero si buscamos soluciones, con ganas, empeño y decisión, se puede sacar adelante la cooperativa», asegura con la convicción de quien ha visto a la caficultura sostener hogares por generaciones.
Hoy, desde su finca «El Rodadero» —nombre que menciona con humor aclarando que no es precisamente por lo plano del terreno—, don Darío sigue trabajando por el bienestar de lo que él llama la «familia cafetera». Su vida es un testimonio de que el liderazgo comunitario, cuando se siembra con amor, produce los mejores frutos para toda una región.
Don Darío no solo representa a miles de productores; representa la esperanza de un campo que, a pesar de las dificultades, sigue creyendo en el poder transformador de un buen café.